Permiso para imprimirlo todo. Orlando Hernández
- Orlando Hernández

- 2 days ago
- 10 min read
La Habana, 17 de diciembre de 1999

Lázaro Saavedra, Autorretrato Digital, 1999, Photo screen print on paper, 10 x 8 in.
Lo que me gustaría es poder grabar e imprimir de inmediato lo que quiero decir sobre el grabado. No entretenerme en merodeos verbales que acaban siempre por retardar la placentera contemplación de las imágenes, sino expresar directamente lo que sé, lo que pienso, incluso lo que siento sobre el grabado sin recurrir a esta monótona secuencia de signos esmirriados, raquíticos, que en muchas ocasiones tiendo a hacer de forma maquinal, casi instintivamente. Grabar e imprimir no estas palabras, sino cualquier cosa, de ser posible todo, la estropeada y maravillosa realidad que me rodea y de la cual sólo he alcanzado a dar pálidos testimonios mediante la escritura. Imprimir, por ejemplo, antes que caiga definitivamente de sus goznes, Ia vieja y agrietada puerta de mi casa en San Antonio, sus ladrillos, sus rejas; salvar para mi nostalgia futura la huella de los 20 pulidos e impecables deditos del pie de mis hijos, las gomas de mi bicicleta, cosas así, comunes y corrientes, pero que poseen - al menos para mí- un significado más profundo que el que me ofrece muchas veces el arte. Poder demostrar mi pasión, mi fascinación por el grabado sin tener que internarme en el confuso hormiguero de las ideas, de las explicaciones, de las comparaciones. Y mucho menos mediante el uso [o el abuso) de la parafernalia del grabador, del impresor, ya que a estas alturas no creo poder hacer nada sensato con buriles y gubias y ácidos y prensas.
Podría más bien quitarle los zapatos a Sebastian y a Rafael en cuanto llegan de la calle y dejarlos correr descalzos sobre mi mesa de trabajo o colocar mi pesada y humeante taza de café sobre uno de estos blancos papeles y entregar a la bondad del público sólo esa marca circular de aromática tinta como resumen de mi conocimiento.
¿Será eso suficiente? ¿O harán falta más datos para dejar constancia de mi comprensión, de mi apego, de mi simpatía por la estampa? Por mi parte estaría muy bien así. Sólo al final (y por aquello de que uno debe hacerse responsable de lo que dice) podría estampar mi dedo flaco amarillento de nicotina como señal de identificación. Sé que a primera vista pudiera parecer un mensaje confuso, poco claro pero ¿de qué nos sirve entonces la tan celebrada imaginación? Para un budista zen este redondel de café no solo sería legible, sino incluso excesivamente explícito y hasta detallista; encontraría encerrado allí no solo todo lo que necesita saber sobre el grabado sino también sobre la inmensidad del Universo. Por desgracia no abundan lectores de ese tipo que tanto facilitan el trabajo. De cualquier forma no me parecía de buen gusto presentar al lector un desabrido y uniforme bloque de textos sobre el grabado teniendo a mi alcance la posibilidad de pagarle con esta hermosa y redonda moneda. O cuando menos -ya que uno siempre cuenta con una variante menos drástica- adjuntarle al gastado billete de siempre algunas nuevas y relucientes moneditas con la seguridad de que la impresión de unas imágenes dentro del texto podrían causar una grata impresión en el lector y le ayudarían a avanzar sin dificultad ni cansancio de una oración a otra, de una a otra idea. Desgraciadamente no he podido contar con la colaboración profesional y he debido asumir esta vez todos los riesgos. ¿No es éste un servicio, una utilidad que el grabado ha dejado de prestar al lector para asumir poco a poco la personalidad aristocrática y solitaria de la pintura? Recuerdo con cierta nostalgia los tiempos en que el grabado constituía no sólo un medio de expresión individual sino también un medio de comunicación popular, y como tal podía participar, muchas veces en igualdad de condiciones con la palabra, en el reflejo de los asuntos de la cotidianeidad cívica, pedagógica, religiosa, política de la comunidad. Cualesquiera que hayan sido las razones ¿había que dejar tan dócilmente todo ese inmenso territorio a merced de las reproducciones masivas y sin alma? Aunque ganara en libertades formales o expresivas y pudiera acceder con más comodidad a los espacios de lujo antes reservados sólo a la pintura, estoy convencido de que algo perdió el grabado con ese paulatino desapego de la realidad social inmediata. ¿Y no podría decirse lo mismo de su hermana la fotografía?
Por otra parte resulta muy triste que el escritor deba atenerse solo al texto escrito y el pintor, el dibujante, el grabador sólo a la imagen, porque en el fondo no hay casi deferencia. ¿No es la palabra, la escritura, un subproducto, una resonancia, una especie de transcripción de las imágenes? Por muy transfiguradas que ahora se nos presenten, lo cierto es que todas y cada una de las letras de la mayoría de los alfabetos dejan siempre entrever su parentesco con una imagen previa que le sirvió de origen. Bastaría contemplar aquellos casos donde esta transformación no se produjo (como en los hermosos jeroglíficos egipcios o en la escritura de los mayas) para constatar esa etapa figurativa, naturalista de nuestra actual palabrería. O intentar recorrer con los dedos el sutilísimo lenguaje brailler para entender hasta qué punto las imágenes (así deban ser leídas a través del tacto y no mediante la vista) no sólo constituyen la etapa prehistórica de la palabra, sino que son también ellas mismas palabras, textos, sólo que con una apariencia levemente hermética, simbólica.
En cuanto a mi experiencia en este asunto, de hecho me he pasado la vida grabando e imprimiendo sin reclamar que se me considere un grabador, un impresor. Como es lógico, en mi condición de escritor he tenido oportunidad de grabar e imprimir no sólo palabras, sino una cierta cantidad de signos gráficos, de imágenes, lo cual no sólo ha sucedido frente a la iluminada pantalla de mi computadora sino en cualquier sitio, a todas horas, sin que intervenga para nada mi profesión.
Sin ir más lejos, al despertar cada mañana mi afortunado pie derecho deja en el piso frío una vaporosa pero indiscutible prueba de mi cotidiana vocación gráfica. Con ser sólo una huella invisible y efímera ¿no representa acaso una magnífica señal premonitoria? De ahí en lo adelante mi vida diaria es pura grabación e impresión. Selecciono un ejemplo cualquiera sin alejarme mucho de este agradable horario matutino. Si usted es hombre recordara que en el momento en que nos detenemos ante la blanca taza del inodoro para cambiarle (como diría Eufemio) el agua al pajarito, ejecutamos un utilísimo y casi inconsciente gesto de apoyo que los perritos reproducen graciosamente con su pata trasera y que parece tener como única finalidad impedir que dicha pared (o el poste eléctrico o el farol en el caso del perrito) se desplome o avance hacia nosotros interrumpiendo bruscamente nuestro fluido desahogo. Ahora levante un poco los ojos. ¿Qué ve ahí?... ¿Cómo que nada? Fíjese bien. ¿No ha dejado en ese sitio una marca de grasa y suciedad que en el transcurso de los meses ha ido adquiriendo un perfil cada vez más definido? Pues bien esa marca con forma de mano izquierda (o derecha si usted es zurdo) y que su esposa, su suegra o su empleada se empecinan en remover con detergentes,, no es otra cosa que una impresión, es decir un grabado. Así como lo oyer un grabado. De manera que ya puede ir dándole al personal las instrucciones del caso: nada de detergentes. Y usted que pensaba que era una bestia, que no tenía la vocación... Sin premeditarlo, con absoluta espontaneidad, que es como se hacen las verdaderas obras de arte usted ha entintado la matriz de su mano con los turbios colores de la realidad circundante y ha escogido como soporte de su obra no a un débil y perecedero papel -el material más socorrido para la actividad gráfica desde que Tsai Lung lo inventó en el 105 a.n.e. - sino que ha seleccionado por el contrario la sólida e impecable pared de su servicio sanitario. Y usted perdonará que lo haya traído hasta aquí para anunciárselo, pero en este amanecer tambaleante, en estado de sonambulismo y unos minutos antes de lavarse los dientes, usted ha logrado convertirse nada más y nada menos que en un colega de Goya, de Daumier, de Durero. Así que en enhorabuena, amigo. Mis más cordiales felicitaciones para usted y para todos los usuarios de ese trascendental punto de apoyo, que es a su vez -como creo haber demostrado- el punto de partida de una manifestación que tendría entonces su origen no en el famoso "Sutra del Diamante" (impreso en China por Wang Chieh en el 363 a.n.e.), ni mucho menos en el occidental e incompleto " Bois Protat" (que es apenas de 1370), sino en aquella antiquísima pared de la caverna de la cual su baño intercalado sólo se diferencia por el recubrimiento de azulejos. Pero salgamos de este malsano ambiente no vaya a ser que sintamos la tentación de referirnos también a la propiedad absorbente y buena receptora de imágenes del papel higiénico, o del ya desaparecido cartucho bodeguero, ya que ni de bromas me atrevería a hablar del popular papel periódico sabiendo las dificultades penales que puede llegar a ocasionar su uso no ortodoxo dentro del arte. Y volvamos tranquilamente a dónde íbamos, que hay tiempo de sobra.
¿No se trataba de hacer que el grabado perdiera sus viejos privilegios, sus prerrogativas como técnica independiente y se extendiera a lo largo y ancho de la Vida sin necesidad de verlo referido directamente al Arte? De esto hablamos aquella tarde en el portal: "El grabado como huella, ¿tú entiendes?, así puede escribir lo que quieras" -trataba de incitarme Belkis. Y aunque en definitiva es eso lo que siempre hago, el panorama me resultó verdaderamente desmesurado y sobre todo peligroso para el propio grabado. ¿Valía la pena despojar al grabado de su identidad, disolver su rica y documentada historia al colocarlo en medio de la multiplicidad de situaciones artísticas y cotidianas en que intervenía si se tomaba como común denominador la simple impresión de una huella, cualquiera que ésta fuera? Porque a mi juicio era eso lo que se perseguía: hacer que el grabado tal y como hasta ahora lo habíamos concebido desapareciera para poder localizarlo en cualquier sitio. Lo mismo daba que la impresión hubiera sido hecha con tinta de impresor, con óleo de pintor, con grasa de mecánico o mezcla del albañil. Tampoco eran imprescindibles los milenarios instrumentos. Daba igual un buril que la uña. O un delicado papel japonés que un cristal o una loza de cerámica como soporte de la estampa. El grabado no sería más un privilegio de los del gremio. No más misterios ni trucos del oficio. La cuestión era hacerle perder su especificidad, su individualidad o cuando menos su jerarquía. No más grabado como una cosa aparte, ¿de acuerdo? Más que una "vindicación" parecía tratarse esta vez de un certificado de disolución, de defunción del grabado, de una verdadera sentencia de muerte. ¿Acaso era ése el plan? ¿Era hora ya de inmolar al grabado? Por mi parte estaba bien que así fuera. Si se quería asistir a un verdadero renacimiento, a una resurrección, era imprescindible que primero se produjera un sacrificio, una muerte, aunque fuera producto, como en este caso, de un exceso de salud, de lozanía. Porque sólo la euforia que genera una buena salud podía permitirse estos juegos mortales.
Hasta el momento habían ocurrido dentro del medio gráfico cubano muchas desobediencias, muchas transgresiones, la mayoría de ellas referidas a aspectos parciales del proceso (como el cuestionamiento de la tradicional planimetría del soporte, o la validación expresiva y significativa de la matriz, de los tacos, etc.) pero ninguna transgresión había llegado tan lejos en sus pretensiones. ¿Acaso esta nueva campaña por extender hasta el infinito los límites del grabado debía considerarse un resultado del tan en boga proceso de globalización? ¿O era un retorno nostálgico al viejo modelo democrático, participativo, igualitarista? Vaya uno a saber. Lo cierto es que habría que aceptar entonces la inclusión no sólo de sus formas más elementales y primitivas de manifestación, comenzando como hemos hecho- por las impresiones manuales, digitales, corporales producidas de manera impremeditada y natural por los cavernícolas y sus actuales descendientes, sino también las formas más sofisticadas y hasta imprevisibles, y no me refiero solo al campo de los impresos masivos de origen industrial, digital, etc., sino a aquellos otros que apenas requieren de un sostén material para manifestarse: las huellas más o menos invisibles que en general dejamos en las gentes, en la vida, en la cultura, en la historia, no importa cuán grandes o pequeñas sean. ¿No decimos acaso que una obra de teatro, una película, un poema nos ha dejado una fuerte impresión, o que aquel artista ya desaparecido dejó una huella [casi siempre imborrable] en la pintura, en la música cubana, o, en un sentido más doméstico, que aquel rostro, o aquel perfume se nos grabó en la mente, en la memoria, en el corazón o donde sea?
Todo a nuestro alrededor se halla repleto de huellas, de marcas, de impresiones que hacemos y nos hacen continuamente. Querámoslo o no somos siempre la matriz o el papel o la tinta de algo. ¿Podíamos considerar toda esa variedad de situaciones como pertenecientes al ámbito del grabado? ¿O quizás debíamos más bien invertir el enunciado y considerar al grabado (o al acto de grabar, de imprimir) como una de las tantas expresiones o manifestaciones características de la conducta humana, como algo inherente a su propia naturaleza? La vida, a fin de cuentas, pudiera reducirse a eso, sólo a eso: a una infinita secuencia de arañazos, de heridas, de quemaduras, seguida de ulteriores vendajes y apósitos. Luego de la incisión, de la terrible cuchillada (o del corte perfecto del bisturí del cirujano, para ser menos callejeros), la sangre es recogida, absorbida por la blanca suavidad del pañuelo, del algodón, de la venda. Sobre la delicadeza de estas superficies quedará impresa una copia, una réplica de nuestra herida, que es a su vez una imagen de nuestro dolor, de nuestro sufrimiento que los demás podrán compartir con placer o tristeza según sean amigos o enemigos. (La felicidad -por muy extraño que parezca- apenas deja huellas)
¿No sería entonces preferible comenzar a entender la historia occidental del grabado por el llamado Paño de la Verónica donde según se cuenta quedo impresa con sangre, sudor y polvo del Calvario la imagen del rostro martirizado de Cristo? Aunque despojemos a este episodio bíblico de su significado religioso y lo extendamos metafóricamente al ambiente profano en que se desenvuelven casi todas nuestras acciones, quedaría en pie el gesto de compromiso y de piedad de la Verónica, el hecho de haberse acercado sin miedo al sufrimiento, a los problemas, a la vida del Otro, aunque resultara una sorpresa [un milagro] que mediante ese gesto lograra recoger y trasmitir también su testimonio. ¿No sería muy triste que el grabado (por no decir el arte todo) se convirtiera sólo en una huella de lápiz labial o de grasa de puerco dejada por el artista sobre una servilleta? No son propiamente sus labios lo que nos interesa, sino lo que se dice a través de esos labios.
El grabado -y perdónenme la brusquedad- no es más que una técnica entre otras muchas mediante las cuales el hombre ha intentado expresarse. Una técnica que de alguna manera puede ser compartida por un artista como Rembrandt y por un oscuro grabador de billetes de banco. No es la "vindicación" o la humillación o la muerte de esa técnica lo que debiera preocuparnos o alegrarnos o hacernos reflexionar. Quizás todo suceda, es cierto, ni más ni menos que como en el proceso de grabar e imprimir, pero es siempre lo grabado y lo impreso, el qué y no tanto el cómo, lo que debiera acaparar la atención de nuestro hambriento espíritu. ¿Sería apropiado entonces colocar al grabado y no al hombre como medida de todas las cosas?
*Texto cortesía de la multimedia La Huella Múltiple, a propósito del 30 aniversario del evento. #LaHuellaMultiple #30Aniversario



